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lunes, 27 de mayo de 2013

La ajetreada vida de Bartolita.

Bartolita posando para el retratista, en su barrio natal.


Bartola Sinforosa, más conocida allá por los años cuarenta como "La Bartolita", era una muchacha poco agraciada físicamente, pero de entrañable sonrisa. Sus padres murieron pronto y sus dos hermanos mayores emigraron a Alemania para buscarse una vida mejor. Quedó entonces sola y con pocas posibilidades de encontrar marido, pues ni siquiera los viudos se fijaban en ella como posible remedio a su soledad.


Bartolita no obstante, trabajaba en el campo cuando podía y limpiaba casas pudientes, pero la verdad es que cada vez fueron precisando menos de sus servicios porque, además de fea, nuestra protagonista era un pelín... digamos... guarrilla.


"…Quedó entonces sola y con pocas pretensiones de encontrar marido, ni siquiera los viudos se fijaban en ella como posible solución a su soledad"


No se sabe cómo empezó a relajarse moralmente. Quizá fuese el hambre, o que no veía otra manera de catar varón. Pero el caso es que al anochecer, por los alrededores del callejón Quitapenas del arrabal, que era donde vivía esta ligera pero entrañable mujer, se empezó a ver pulular cierta cantidad de mozos. Éstos esperaban pacientemente su turno, y se pasaban la bota de vino mientras hablaban de fanegas, yuntas de mulas y abusos del mayoral.



“…No se sabe cómo empezó a relajarse moralmente. Quizá fuese el hambre, o que no veía otra manera de catar varón…”


Las vecinas, a pesar de que simulaban cierto escándalo por lo bajini, estaban encantadas con la novedad, pues teniendo en cuenta que entonces no había televisión y el marido se les quedaba frito en la banca después de cenar, aquel trajín suponía un medio excepcional de entretenimiento, y el ajetreo de la calle las tenían atrincheradas y en ascuas detrás de las persianas y visillos noche tras noche.


A la mañana siguiente, mientras despiojaban al sol a los chiquillos, las vecinas esperaban impacientes a que saliese Bartolita y las pusiese al día de todo lo acontecido durante la noche. Que si cuántos han venido... que cuánto te han pagado... que quién la tenía más hermosa... que qué cosas le decían... que quién aguantaba más..... Porque a todas estas y a muchas otras preguntas más, contestaba Bartolita con toda naturalidad.




“…mientras despiojaban al sol a los chiquillos, las vecinas esperaban impacientes a que saliese Bartolita y las pusiese al día de todo lo acontecido durante la noche. Que si cuántos han venido... que cuánto te han pagado... que quién la tenía más hermosa...”

 

Como era de suponer, Bartolita se quedó en estado con mucha frecuencia. A ella nunca le importó, pues crió a todos sus hijos e hijas como mejor pudo, y sorprendentemente todos le sobrevivieron. Algo raro en esa época donde la mortalidad infantil era muy alta. Tanto embarazo era un motivo añadido de entretenimiento para el vecindario, y no faltaban apuestas para ver quién adivinaba la paternidad del hijo que esperaba esta vez. Que si tiene la nariz del tío Apolonio el cojo, que si ésta se parece en los andares al guarda de la finca de Villalobillos, que si de éste no hay duda, pues tan pelirrojo solo puede ser de Nemesio el carretero...etc.



"...Bartolita se quedó en estado con mucha frecuencia. A ella nunca le importo, pues crió a todos sus hijos e hijas como mejor pudo, y sorprendentemente todos le sobrevivieron."


Así fueron pasando las décadas y naturalmente aquello no podía durar eternamente. Los años no pasaban en balde y menos para Bartolita, que parecían ensañarse más si cabe con la pobre mujer. Quiso Dios que viviera todavía muchos años más, alejada ya de esa mundana vida, y que muriera de vieja, pero tranquila.


Lo que resulta curioso de toda esta historia (casi en su totalidad verídica) es comprobar la naturalidad con que era tratada no sólo por sus vecinas, sino por todo el pueblo (en nuestros días seguro que más de una persona hubiera evitado su saludo o compañía). Estaba totalmente integrada y no faltaba a ninguna procesión. Tenía un "buenos días" y una sonrisa para todo el mundo y no había un entierro al que no acudiese a dar el pésame. Por acudir, acudió hasta la manifestación que hubo hace años por unos vertidos ilegales en nuestro río. Bartolita era una mujer autentica. Desde aquí mi pequeño homenaje.




Desde la esquina del callejón Quitapenas, les cuenta esta historia: Débora Dora Golosa.



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