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miércoles, 24 de abril de 2013

Descartada en Corral la relación entre las lechuzas y la muerte.

Vecina corraleña fotografiada en la noche de San Juan.

Mucho se ha hablado desde el principio de los tiempos de esta enigmática, a la vez que magnífica ave, inspiradora de numerosos mitos y leyendas en las que solía salir mal parada. Compañera de brujas, demonios, magos y hombres del saco, sus ojos casi humanos y sus silbidos espectrales, hicieron que se la relacionara tradicionalmente con la mismísima muerte.


Un servidor, Honorato Bicarbonato, conocido por todos como Pepe, les va a narrar a continuación una terrible experiencia que sufrió hace años y de la que pude salir sano y salvo gracias a las brujas corraleñas. Porque, aunque no lo crean “haberlas haylas”

Me encontraba sudoroso y molesto una calurosa noche de verano (concretamente la noche de San Juan) intentando conciliar el sueño, cuando comenzaron a llegar a mi ventana -siempre abierta en verano- todo tipo de sonidos nocturnos. Al ladrido de un perro lejano, le siguió el agresivo bufido y maullido del gato que seguramente tenía acorralado, y al croar de las ranas del cercano río, siguió el desdibujado tañido de una campana. 

Intentando saborear los diferentes ruidos que acompañaron mi infancia, me vi sorprendido de repente por el chirriante ulular de la lechuza. Un escalofrío recorrió automáticamente todo mi cuerpo, pues a pesar de que era consciente que se trataba sólo de un inofensivo animal, no podía apartar de mis recuerdos el viejo dicho de mi madre cuando añadía:  

“Uhhhh se oye a la jodía lechuza. Malo, eso es que alguien del barrio las va a diñar esta noche”

Molesto por el insomnio, decidí vestirme y dar un relajado paseo por las riberas del río, cuando de nuevo apareció ese inconfundible silbido de la lechuza. Incómodo por el reencuentro, me dispuse a acelerar el paso y regresar a la calle de las ánimas -que es donde vivía- con la extraña sensación de que alguien me perseguía. 

Llegado a la puerta de mi casa, me encontré de repente con una auténtica bandada de lechuzas repartidas por los distintos cables de la fachada, como si de una escena de Hitchcock se tratase.

"regresé a la calle de las ánimas -que es donde vivía- con la extraña sensación de que alguien me perseguía"

Profundamente asustado pensé que había llegado mi hora, cuando mi vecina Eulalia, tan cotilla como siempre, apareció de repente y comenzó a gritar:

“Uhhh pero hermoso, una cosa es que te gusten los animales y otra que te traigas to los de la comarca y nos los plantes en la calle. Con lo que cagan estos bichos, como si no tuviera una bastante con estar to el día pasando el mocho” 

Las voces y la característica mala leche de esta mujer, lo único que consiguieron fue alarmar a todo el vecindario, y la Emilia, la Francisca, la Ramona, la Genoveva y hasta la Abundia, se presentaron en bata y rulos, escobas en ristre, con una pinta que asustaba al miedo.

Más dispuesta, como siempre, la Abundia les dijo a las demás: 

“Chicas, coger de ahí y estirazar del cable verás cómo se van toas a hacer chorras” 

Al intentar espantarlas tirando del cable, lo único que consiguieron es que se partiera en dos, y Eulalia, Francisca, Ramona, Genovena, Emilia y Abundia, rodaran por el suelo con batas y rulos mientras el cable se movía como una serpiente echando chispas. Asustadas por el cable, las lechuzas empezaron a defecar sobre las vecinas alcanzando una de ellas en todo el ojo a la Abundia, dejándola casi tuerta, a lo que ésta respondió con un trastazo con la escoba diciendo:  

“toma jodía, para que te cagues por algo”.


En vista del éxito de la Abundia, las demás hicieron lo mismo con el resto de lechuzas atontadas por las chispas de la electricidad. Según avanzaba la caza, la pinta de mis vecinas se iba deteriorando por momentos y los pelos alborotados, las batas sucias y las escobas en las manos, acabaron por darles ese inequívoco aire de brujas de cuento, incrementado por las sonoras y exageradas carcajadas que siguieron a su victoria sobre los inocentes animales.

"Según avanzaba la caza, la pinta de mis vecinas se iba deteriorando por momentos y los pelos alborotados, las batas sucias y las escobas en las manos, acabaron por darles ese inequívoco aire de brujas de cuento"

Yo, que andaba totalmente paralizado ante semejante visión, comencé a temer -ésta vez sí- por mi vida. Sin embargo, lejos de fijarse en mí, mis vecinas se repartieron las piezas como si de una jornada de caza se tratase y dijeron eso de: 

“Ala chicas, ya tenemos pa el cocido, que una vez desplumás le darán buen sabor al caldo” 

Y a continuación todas se metieron en sus casas como si nada hubiera ocurrido y el silencio volvió a reinar.

No sé si las lechuzas se encontraban en la casa avisándome de mi propia muerte o simplemente les gustaba el cableado de la fachada; pero tengo que reconocer que ese día el mito de la relación entre las brujas y las lechuzas se desplomó por los suelos. Imagino que fue sólo cuestión de mala suerte el que los pobres animales cayeran en manos de las brujas de mis vecinas -limpias como el jaspe, eso sí- pero con una lechecilla... Desde entonces debo de reconocer que no dejo de pensar que quizás les deba la vida.



Desde el psiquiátrico de Ciempozuelos y sin poder pegar ojo: Honorato Bicarbonato




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